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ACTIVISMO LGTB La revolución de la comunidad gay en Cuba

ÁLVARO FUENTE La Habana  9 MAY 2017 - 13:11 CEST MÁS INFORMACIÓN FOTOGALERÍA  La comunidad LGTBI lucha por sus derechos...

Cuando triunfó la revolución cubana, la comunidad homosexual sufrió la crudeza y la intolerancia de quienes pretendían construir un nuevo estado como así lo dejó bien claro Fidel Castro en su discurso del 13 de marzo de 1963. “Nuestra sociedad no puede dar cabida a esa degeneración”, aseguró tajantemente. El Gobierno los enviaba, sin cargos ni juicio y sin ningún tipo de explicación o justificación, a las Unidades Militares de Ayuda a la Producción, las UMAP, donde les sometían a trabajos forzados, entre maltratos y vejaciones, junto a otros sectores considerados inadaptados sociales, desviados, extravagantes o contrarrevolucionarios. Se creía que el trabajo y un régimen estricto serviría para rehabilitarlos pero acabaron consiguiendo, en realidad, desatar una ola de persecución y marginación contra la comunidad de lesbianas, gays, bisexuales, transexuales e intersexuales (LGBTI) en Cuba.
Antonio pasó once meses en uno de aquellos campos de trabajo cuando apenas contaba con 18 años después de ser detenido por “peligrosidad social”. Era estudiante de magisterio cuando fue denunciado por un familiar suyo “por llevar depiladas las cejas”, recuerda. Y no se olvida de aquellas jornadas bajo el sol de aquel 1966 cortando cañas de azúcar, donde se compatibilizaba el trabajo con charlas de concienciación y diversos tratamientos que pretendían cambiar la orientación sexual de los homosexuales internos. “Allí estábamos mezclados homosexuales, disidentes o traidores con gente de las artes y la cultura, incluso coincidí con un joven Pablo Milanés. Mi gran suerte fue encontrarme con un vecino que cumplía allí como oficial de guardia y me protegía en cierto modo, pero las vejaciones a otros reclusos eran continuas. Dos compañeros del barracón se suicidaron por la humillación diaria que recibían, los tratamientos de choque donde se hacían todo encima y las malas condiciones de vida”. Aunque reconoce que el precio más caro que pagó fue el ver truncada su carrera como maestro de escuela ya que el Gobierno cerraba las puertas a la educación o al estudio. “No permitían a los homosexuales impartir clases para evitar dar mal ejemplo a los jóvenes por muy afines que fuéramos a la revolución”, recuerda,
En 1971, el Congreso Nacional de Cultura y Educación declaró la homosexualidad como una desviación incompatible con la revolución, así, no podían ni trabajar en el mundo de la educación, ni en el universo de la cultura, decisión que daría pie a la institucionalización y sistematización de la homofobia, generando una represión de la homosexualidad que marcaría durante décadas el devenir de la isla. El colectivo LGBTI se vio envuelto en un entorno marcado por la marginalidad, el peligro y la prostitución, incluso a pesar de que en 1979 el Gobierno inició el proceso de despenalización para las relaciones entre personas del mismo sexo. Desde entonces, Cuba ha enmendado alguno de sus errores, tanto a nivel político como social y la situación de esta comunidad se ha vuelto más visible, aunque los prejuicios sociales han logrado mantener a esta comunidad en la exclusión y el rechazo durante años. No fue hasta 1997 cuando se modifica el Código Penal cubano y se eliminan las últimas referencias discriminatorias hacia la homosexualidad.
Tras la Revolución, el Gobierno enviaba a los homosexuales, sin cargos ni juicio, a las Unidades Militares de Ayuda a la Producción, donde realizaban trabajos forzados, entre maltratos y vejaciones, junto a otros grupos considerados inadaptados sociales, desviados o contrarrevolucionarios
“En los noventa ya estábamos menos perseguidas que entonces, pero nos manteníamos en las sombras ya que aún existía discriminación. Somos diferentes, y la gente rechaza todo lo raro. Antes nos llegaban a repudiar en la calle y ahora ya hay cierta tolerancia, pero sigue habiendo agresiones. A mi me abrieron la cabeza a pedradas en pleno parque de la Fraternidad”, cuenta Laila, una mujer transexual de no más de 40 años. “Mis padres me echaron de casa cuando comencé a vestirme femenina. Tenía 15 años. Sola, distinta y sin el apoyo familiar. No me quedaba otra opción que recorrer de noche el malecón y la Habana Vieja buscando el sexo transaccional, con quien fuese, a cualquier precio. Aunque el precio más caro lo pagué yo infectándome de VIH, no sabíamos nada de protección sexual”.

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