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Isco apaga la caldera y el Madrid se planta en la final de cardiff

El Madrid volvió a ser cruel con el Atlético. Después de Lisboa, después de Milán, después de aquel gol de Chicharito al borde de l...



El Madrid volvió a ser cruel con el Atlético. Después de Lisboa, después de Milán, después de aquel gol de Chicharito al borde de la campana y, sobre todo, después del 3-0 de la ida, sólo había una forma de volver a hacerle daño a un corazón harto de latir. El Atleti se quiso quitar dos puñales de un tirón, que es como menos duele. Pero acabó con otra cuchillada hendida en lo más hondo, con otra decepción de las que sólo se camuflan cantando, en un enorme abrazo entre afición y equipo.
El guion, fuese como fuese, implicaba un sueño y una pesadilla. O ambas en 90 minutos. Koke cogió la pluma y pretendió ser narrador. Asustó al Madrid con un remate a los cinco minutos que tuvo que sacar Keylor cuando se colaba en la portería. Y se volvió a poner la máscara de asaltante de sueño ajeno para colocar el balón en la cabeza de un Saúl al que ayudaron a saltar todos los jugadores que han vestido la rojiblanca en los 50 años de vida del Calderón. Ganó por alto a Cristiano y dirigió la bola a la red.
El grito seguía resonando en la ribera del Manzanares cuando lo ahogó otro aún mayor. Sólo los vecinos del Calderón saben lo que suena un gol saliendo del cielo del estadio. El ruido del penalti de Varane a Torres debió parecerlo y, la resolución de Griezmann a la red, con suspense, bien pudo ser entendido como un brote de locura colectiva. Si apenas pasaba un cuarto de hora de partido, ¿qué otra cosa sino una enajenación brutal y contagiosa podría producir aquel sonido?
Un plan ejecutado por encima de la perfección. El manual de las remontadas que tantas veces se ha estudiado en las diferentes ciudades deportivas del Real Madrid, plasmado sobre el césped con copyright Atlético. ¿El Madrid? Con el síndrome Dortmund, con las canillas temblando, pero con el dedo sobre el botón rojo. Pesaba en el ambiente una verdad inexorable. Un gol madridista era una bomba nuclear.
Simeone entendió la primera parte del plan como resuelta y dejó al rival sangrando. No tuvo instinto asesino. Y lo peor que puedes hacer contra un depredador es no rematarle cuando tienes la oportunidad. Refugiado en su solidez defensiva y en los tres centrales que lucían sobre el césped, dio un paso atrás. Era un movimiento inteligente, congelar el partido y esperar a la zona final para volver a calentarlo. Pero a revoluciones bajas el Madrid tiene a un jugador único en el mundo.
Fue puro Benzema. El menos indicado para un partido caliente, para un derbi de tensión y mandíbula prieta, apareció en el córner de espaldas, con Godín, Giménez y Savic en la nuca. Se revolvió, encaró al perro de tres cabezas que le negaba la luz de escape y se marcó una coreografía con balón y con la línea de cal como pista de baile. Su pase atrás lo acabó remachando Isco a la red, justo premio a un jugador al que no habrá quién le diga que no juega la final de Cardiff.
El gol cayó al borde del descanso y lo cambió todo. Hasta el cuarto de hora del bocadillo. El que no se lo fuera a comer de los nervios se quedó repentinamente sin hambre. El Calderón quiso volver a apretar, no dejar de creer, seguir empujando a un equipo que acababa de hacer un milagro y al que pedían otro. Pero la despedida de Champions, a la que la lluvia dejó el toque épico necesario, el que quedará en las históricas fotografías del partido, no iba a acabar en fiesta. El Manzanares ascendió a los cielos de Europa sin catar las mieles del éxito, pero deja un espíritu que perseguirá al Atlético en el Metropolitano y donde sea.
Con el paso de los minutos, el Madrid se dio cuenta de que en el marcador, además de los goles, hay un cronómetro. Un aliado más. Isco y Modric secuestraron el balón, dieron una exhibición de ilusionismo, de escapismo y de magia. En definitiva, de fútbol. Un doble paradón de Keylor a Carrasco y Gameiro fue el colmo. Si en algún momento del partido Cardiff pareció cercano, se volvía a perder en una niebla espesa y blanca.
El Real Madrid también cree. También tiene orgullo y también sabe lo que se siente. Sabe lo que se siente levantando once Copas de Europa. Sabe lo que se siente cada vez que juega una final. Y quiere saber lo que se siente teniendo que ampliar el museo para hacer hueco a la Duodécima.


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