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MALOGRADA/ Rosario Espinal

Por: Rosario Espinal Eran ya las cinco de la madrugada. Recordó claramente el día en que su padre la malogró. Atardeció lloviendo ...

Por: Rosario Espinal

Eran ya las cinco de la madrugada. Recordó claramente el día en que su padre la malogró.
Atardeció lloviendo y la humedad asqueaba el ambiente. Todo era insoportable. Las nubes cubrían la ciudad, pero ni el manto gris era suficiente para cubrir las casas y los edificios, la gente y los perros, ni tampoco el desánimo que rodeaba aquel espacio vacío en que circundaba aquella joven desesperada.

No había dormido la noche anterior. Se paró en la ventana a contemplar la intensidad de la lluvia, la lentitud del tiempo, a sentir el dolor. El cielo parecía caer si no paraban rápido aquellos chorros escandalosos. Pero volvían de nuevo, cada vez más fuertes.

Se dejó envolver en el llanto que competía con la lluvia y en el ruido de la atmósfera que espantaba sus oídos. No había lugar más lúgubre y tranquilo para sufrir minuto a minuto, en esa ventana, con la mirada que reflejaba rabia en el espejo empañado, y los ojos asaltados por el miedo.

Lloraría hasta que se agotaran sus lagrimas, o hasta que sus ojos aguantaran; o quizás hasta que pararan los chorros de lluvia, o hasta que la tierra dejara de oler a mojado.
Estaba cansada de sufrir tanto, de callar, esperar, de aguantar en silencio; de no poder moverse, ni insultar, ni culpar. Pasaron las horas y no sucedió nada; igual que como habían pasado meses, años.

Estaba desolada y perturbada. Al diablo con todos, decía en su cabeza en piruetas; o tal vez más lúcida que antes, cuando no se atrevía ni siquiera a llorar. Estuvo más de seis horas contemplando la lluvia.

Un vaso de agua cerca, unas cuantas frutas arruinadas, y algunas pastillas que siempre adormecían su alma. Prendió el televisor, pensó en su madre, en su abuela, en el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo.

No dejó un rincón sin escarbar, un recuerdo sin levantar. Le ayudaba la lluvia que iba y volvía sin terminar. Luego escuchó su canción favorita y comenzó de nuevo a llorar.

Eran ya las cinco de la madrugada. Recordó claramente el día en que su padre la malogró. No fue un día cualquiera, tampoco una tarde, ni siquiera una noche o un momento. Fue por largo tiempo. En su cabeza circulaban los episodios que le habían podrido el alma; tantas veces en que perdió su aliento y su sexo. Desde entonces calló y se le escapó la mirada entre los sesos.

Seguía lloviendo y el ruido interno se hacía insoportable. No podía dormir. La humedad de la calle mojaba la casita inhóspita en que habitaba. Escuchó los pasos de su agresor y se arropó como si la sábana fuera una prisión de alta seguridad. Todo giraba en su cabeza y en su estómago. Su pelo cubría sus ojos que se agitaban igual que ella; sentía un dolor intenso.

El viento soplaba en la calle, los objetos colgantes se movían, los pasos volvieron a sonar, pero esta vez no en dirección a ella. Miró las pastillas y se tiró al suelo. Intentó alcanzarlas, pero no podía. Su cuerpo no reaccionaba, se había secado su llanto, no sabía si la lluvia había parado o continuaba atormentándola.

No ha sido él, no pudo ser. ¿Lo soñó? ¿Lo inventó? ¡Pero no! El recuerdo era muy fuerte, muy cierto, para seguir pretendiendo el olvido, para encubrir ese hombre que debió quererla y cuidarla, atenderla y mimarla; no malograrla.

[Dedicado a las niñas y jóvenes dominicanas que hoy sufren los efectos devastadores del incesto, muchas veces ante la indiferencia de sus familias y la sociedad que lo declara impensable, o culpa a las víctimas de su desgracia].

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