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Una cena de Noche Buena en el Baní del ayer / Fabio Herrera Miniño

Por: Fabio Herrera Miniño El próximo domingo es Noche Buena. Es una buena oportunidad de hurgar en los recuerdos almacenados en nuestra...

Por: Fabio Herrera Miniño

El próximo domingo es Noche Buena. Es una buena oportunidad de hurgar en los recuerdos almacenados en nuestras mentes de esas celebraciones añejas. Esto para revivir e ilustrar a las presentes generaciones de cómo eran las celebraciones navideñas familiares en la década del 50.
En las casas del centro del pueblo la mesa del comedor se adornaba con esmero. Tanto los manteles como las servilletas eran de una fina lencería que solo se utilizaban en ocasiones especiales. El tradicional árbol de Navidad era un elemento de decoración muy importante y alegórico.
El ritual de la cena se iniciaba desde días antes viendo a la mamá preparando todos los alimentos. Tan solo las teleras se compraban en las panaderías ubicadas en torno al centro del pueblo como la Patrona de Fernando Herrera y Bertinio Mejía, La Chiquita de Aníbal Velázquez y en la de los Celado. Esas teleras estaban acabadas de sacar del horno y antes de la cena ya habían desaparecido en el estómago de la muchachada.
La preparación típica de la cena comenzaba con la búsqueda del pavo criollo en los campos aledaños. Hasta de Las Matas de Farfán era traído el pavo como era el caso de nuestra familia ya que mi mamá Loló, como se le conocía en Bani,era oriunda de ese lugar y conservaba grandes amistades. También los traían de la zona rural por mujeres humildes que los criaban para la ocasión y en cambalache para obtener lo esencial de cómo celebrar la fiesta. Ahora es con los cerdos que son mucho más populares y rentables.
Era la ocasión para la cena familiar y luego prepararse para asistir a la Misa del Gallo que era celebrada en la iglesia a las doce de la noche. Esa vez era muy seguro caminar por las calles sin temores de asaltos o agresiones por los antisociales. Al mismo tiempo, al igual que en la ocasión de las fiestas patronales del 21 de noviembre, nuestros padres nos vestían con nueva ropa comprada en la capital o se encargaban al extranjero a través de las empresas Sears Roebuck o Montgomery Ward. No se había iniciado el éxodo banilejo hacia los países y eran muy pocas las familias que viajaban al exterior desde nuestro pueblo.
La cena típica era en base al pavo o pollo, la pierna de cerdo trasera debidamente condimentada y puesta al horno por varias horas y adobada con vino y mechada con una variedad de condimentos que al igual se hacía con el pavo. Era la costumbre preparar un moro de habichuelas o de guandules, junto con las ruedas del pan de telera. Ahora se sirve un arroz de fantasía navideña exquisitamente condimentado. Además no faltaba la ensalada de papas o rusa cuando se le añadía la mayonesa. Pastelitos y turcos, además del vino, el ron, la cerveza, vermut y el whisky se disfrutaban los sabrosos pasteles en hojas elaborados con plátano o yuca y el ponche casero que nunca faltaba.
En mi familia era tradicional un pastelón de harina relleno de carne de pollo que se elaboraba con una receta traída por la rama italiana de los Billini. Era el plato preferido de mi padre. Ese pastelón lo preparaba en las primeras décadas del siglo XX, la querida tía Matilde Herrera Echavarría que se ocupaba de la disciplina y educación en la familia Herrera Cabral. La hechura del pastelón se transmite de generación en generación y que ahora ha pasado a una de mis hijas, Fabiola, la cual lo prepara con esmero y dedicación para mantener esa calidad que disfrutaba mi padre cuando mamá disfrutaba preparándolo. A veces aparecían con los lerenes y manicongos que se traían del Cibao. Desde España llegaba una amplia variedad de dulces y vinos, que como los turrones y mazapán, completaban la oferta de calidad para disfrute de las generaciones de la época.
Luego de la cena se les permitía a los menores a disfrutar de los fuegos artificiales donde solo los cohetes chinos eran los peligrosos. Fuimos muchos de nosotros los quemados cuando nos explotaban en las manos. Las velas romanas, las antorchas y las patas de gallina por su inocuidad eran las favoritas. Así transcurría la noche después de la cena entre los tragos de los mayores y los fuegos artificiales de los menores hasta que llegaba la hora de la Misa del Gallo.
Antes de la misa llegaban los amigos a los hogares para compartir la alegría. Los que no iban a la misa aprovechaban para degustar de la sabrosa cena que se había preparado horas antes. Y hasta se bailaba con los sabrosos merengues que transmitía la emisora oficial de La Voz Dominicana con la dictadura en la cumbre de su dominio.

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